Dios mío, (y Monseñor si tu también me escuchas) NO PERMITAS que nunca, ni en el infierno si es que tuvieras a bien llevarme, ni este valle de lágrimas que me queda recorrer, sea jamás lacerado por los azotes de los látigos de la corrupción moral y sexual (ya sea por bondage extremo o en sesiones sadomasoquistas de las de colgar de las muñecas con bola en boca, ya sea con corridas en la cara, ya sea con golpes de pene y porra de pinchos, o bolas chinas de esas que tienen protuberancias o gotas de cera ardiendo en los pezones). NO PERMITAS que anormal homosexual alguno (de esos que ayudaste a crear dentro de tu infinito libre albedrío que vaya si es infinito porque mira cómo está el mundo hasta arriba de gentuza pagana y asquerosa) entre en mi vida, penetrándome suave o salvajemente en todos mis esfínteres y agujeros, chupándome mi polla hasta sacar la última gota de mi semen, o agiten mis testículos hasta enloquecer, ni introduzcan su lengua en mi oreja mientras su compañero muerde mis pezones y otro me come todo lo negro, gritándome que soy un chico malo que merezco castigo mientras me pega cachetes en mi culito peludo con la palma abierta hasta enrojecer, y escupa en mi cara diciendo mentiras sobre las sentencias que dicto, porque Dios mío, tú sabes que mis sentencias no son perversas, son buenas, y son cristianas.

* un juez homófobo y cristiano cualquiera
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