Un clásico de toda la vida en las reuniones de domingo en restaurantes y casas de a tomar por culo, es el goteo de coches que llegan con las parejas cabreadas, forzando una sonrisa que no puede esconder la discusión que han tenido unos kilómetros más allá. 

El macho, del que se esperan dotes innatas de orientación, abastecimiento (y algunas otras funciones que hace tiempo dejó de ejercer como la naturaleza esperaba de él), es reacio a preguntar a los lugareños por dónde coño se va. Tal vez porque eso desvelaría una desventaja, haciendo de su familia una presa fácil (si hubiera algún depredador).

Para evitar todo esto, y poner al macho moderno el lugar que debe ocupar, llegó el GPS. Llevo un año con un TomTom de estos, y puedo decir que aunque reduce la crispación a bordo, también genera nuevos conflictos a la altura de los tiempos. El problema radica sobre todo por un pequeño desfase entre tu posición real y la que marca la pantalla, y no sólo de tiempo, también puede llevar a engaño la marca de posición haciéndote creer que ibas por buen camino y saltando de repente unos metros. Es como si se resistiera a creer que te has desviado por donde no toca. En general es bastante estúpido, y hay que aprender a no hacerle caso todo el rato. Digamos que es un buen consejero pero no el guía definitivo, en absoluto. De hecho, si fuera una persona bajo el capó con un micrófono y una guía Campsa, ya le habría partido la cara en alguna ocasión (como macho dominante). Me ha hecho perder tiempo y dinero en varias ocasiones.

Así las cosas, el conflicto de ruta sólo está en stand by ; toda pareja sigue su curso natural, ya sea sobre una pantalla o un mapa Firestone.

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