Mis años mozos de estudiante de diseño gráfico los pasé en la Massana. Llegué huyendo del tremendo aburrimiento que supuso para mi un primer curso en Elisava, donde reinaba un amor enfermizo por las manualidades más absurdas, en detrimento del concepto o la idea. Menos mal que más tarde Apple se encargó poco a poco de poner esa mentalidad, las cuchillas, la cartulina couché, las reprografías, los transfers en la oscura parte de donde no debían haber salido jamás. 

En La Massana, a parte de recibir algunos apasionantes encargos que harían sacar espuma por la boca a los profesores de Elisava (al menos en aquellos años 1987-1992), te podías encontrar con lujazos (eso sí, las paredes daban pena) como tener de profesor a un referente como Arnal Ballester. Es el tipo de ilustrador que abre caminos para que otros se aprovechen con más o menos fortuna. Basta ojear cualquier estantería de cuento infantil para ver no sólo su obra, si no su huella. Hoy sigue siendo profesor de ilustración y a partir de ayer flamante Premio Nacional de Ilustración. Es el primero que se otorga, y van y le ponen el primero de la lista.

Me siento orgulloso como alumno, amigo e incluso colaborador fugaz, gracias a proyectos de ilustres amigos felizmente comunes. 

Felicidades y enhorabuenas, Arnal

Anuncios