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Estaba ayer dudando si dedicar un post a lanzar hipótesis marranas sobre los criterios que rigen la elección de la Chica Tampax, cuando en la tele estaban dando nuestro culebrón nacional: Ventdelplà.

Estos productos están bastante bien realizados, todo correcto, hasta que inevitablemente, un guionista, tarde o temprano, cae en la tentación de escribir una pequeña escena de acción (min 38:15).

Yo no sé si es que todos los realizadores y directores del país se perdieron la clase ese mismo día al unísono, y fueron todos al mismo bar; la cuestión es que en cualquier producción de Hollywood, por cutre que sea, resuelven las escenas de acción con una habilidad y precisión mil veces mayor. Si por casualidad veo una peli nacional, donde además sacan unas pistolas, ya me echo a temblar. Tengo que verlas asomando un ojo entre los dedos y sabiendo que se les verá el plumero a años luz, me sacarán de la peli y que sentiré algo parecido a vergüenza ajena.

Entonces pienso en el pobre montador, que aunque cuenta con un material mal planteado, tiene que hacer algo positivo para salvar ese marrón. Pero es ahí donde descubro que él también se negó a tomar esa clase cuando joven. En un ejercicio de bienintencionada ignorancia, opta por la conocida regla del montador obtuso de si viene acción metemos muchos planos y cuando todo eso falle algo de cámara lenta. El resultado es como si el hombre elefante hubiera aceptado el reto de manejar el teclado de montaje con la única ayuda de su lengua. El espectador tiene que recomponerse con la ayuda del sonido y el plano siguiente a la escena, para acabar de entender lo que han querido explicar más o menos, que tira que te va, que da igual, que qué más da, que de todas maneras sólo llevamos toda una vida viendo pelis de acción, dadnos tiempo para analizar bien cómo lo hacen.

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