iscomar_isabel_del_mar

Bien hallados lectores, por fin conectado de nuevo.

El viaje a Palma no ha sido glamouroso. Como esta vez íbamos desde Valencia, una aceptable experiencia anterior nos hizo confiar en los tentadores precios que ofrece la compañía ISCOMAR.

No quiero extenderme en adjetivos, pero si tuviera que resumir el viaje en el Isabel del Mar, diría que fue higiénicamente hablando fue desagradable, cochambroso, hediondo, indecente, inmundo, repugnante, nauseabundo, roñoso, guarro, sucio, descuidado, desaseado, puerco, mugriento, contaminado, cochambroso, pringoso, grasiento, manchado, encharcado e infecto.

Un primer paseo con los niños por las cubiertas de pasajeros, los servicios de bar y restaurante, nos invitó a recluirnos inmediatamente en el camarote para comer los bocatas que gracias al cielo llevábamos de casa. Vimos gente instalándose en camarotes sin luz, así que los apliques a bombilla desnuda del nuestro me parecieron perfectos. Una de las camas tenía un chicle pegado en la baranda y las sábanas sucias. Abrimos el armario con los chalecos y lo cerramos rápidamente sin comentar el contenido extra a los niños. Una mosca que seguramente se dirigía a vomitar por la borda, yacía muerta en el alféizar del ojo de buey. La idea era que pasara todo rapidito. Eran las 11 de la noche, una peli en el portátil y a dormir todos, despertar en Palma y ya está. Atención equipos de localización: dejaos de naves medio abandonadas en Poble Nou, si buscáis salas de interrogatorios de la Albania comunista, esta cafetera flotante es el paso definitivo en vuestra carrera.

El mar estaba calma chicha, así que se presentaba un viaje más en ferry, tan olvidable como cualquier trayecto en tren de cercanías aunque mucho más cutre. Pero cuando el buque consiguió alcanzar penosamente sus 20 nudos de velocidad crucero, se apoderó del barco un temblor que sólo se explicaría si circuláramos en un coche con las ruedas rellenas de hormigón sobre un suelo de ondulado como la uralita. Salí a comprobar que el terremoto afectaba a todo el barco. Albergué por unos instantes la esperanza que hubiera alguna posibilidad de cambiar de camarote, a algún rincón lejos de esa pesadilla que sólo se soportaba estando de pie y sin apoyarse en parte alguna. Rápidamente quedó claro que no había escapatoria, el seísmo era general. En ese motor no debe quedar nada que gire de forma concéntrica.

Regresé al camarote con cara de normalidad hacia los niños, que por otro lado son profesionales del dormir. En cambio mi mujer y yo no conseguimos dormir en ningún momento. Cuando el agotamiento me tumbaba los párpados, un marinero ruso me zarandeaba con violencia y me gritaba al oído que despertara que los tornillos del barco saltaban por los aires. Abría los ojos, el marinero no estaba y los tornillos seguían en su sitio, y así hasta que decidí dar vueltas por el barco. La zona infantil, una sala más del barco pero con dibujos, que olía algo peor gracias a la poca ventilación y el suelo de goma, albergaba audaces pasajeros que yacían por entre asientos arrejuntados. Auténticos héroes que desafiaban el temblor y hacían como que dormían. Algunos permanecían sentados, esperando como en un hospital.

Afuera, a las 5 y algo ya se veía Mallorca, que desde ahí parecía Alcatraz. Ya encarados a puerto, el barco se detuvo un rato para dar paso a un crucero de lujo que tenía preferencia. Un petrolero checoslovaco también hubiera tenido preferencia. En fin, una vez atracados en el dique, todo había acabado. La gente iba olvidando la idea de subir al puente para tirar al capitán a la parte más opaca de la merdera del puerto, y ahora ya sólo esperaba el momento de salir con el coche de la bodega. Pero para mi sorpresa no todos llevaban coche, y el buque no dispone de pasarela para peatones. Tampoco había terminal. Así que ahí estaba el grupo, en medio de la bodega de carga, alguna mujer con carrito de niño, esperando bajar por la rampa de los coches y camiones. Estas rampas tienen unas estrías de acero y vestigios de goma. La impresión que daban era la de un grupo de castigo, deportados de algún país de nombre difícil. Afuera les aguardaba un paseo  de 80 metros bajo la lluvia hasta un autobús de cuando rodaron El verdugo de Berlanga.

Por el retrovisor me pareció ver a un inspector de sanidad colgado de la barandilla de proa mientras mis hijos cantaban “…Tengo miedo al avión, también me da asco el barco, por eso quiero saber lo que debo hacer pa no pisar ese charco..” muertos de risa…

Anuncios